5. Mi abuela.

Hace 10 años, mi abuela se enfermó. Los doctores dijeron que le daban unas semanas, quizá meses de vida. Esa vez, cuando la mandaron a casa a descansar, me llamó por teléfono. Me dijo que me amaba y que nunca me rindiera. Hasta la fecha cada vez que recuerdo esa llamada, se forma un nudo en mi garganta como el de ese día.

Desde que tengo memoria, pienso en mi abuela como una mujer increíble. Siempre luchó por salir adelante, cuando se enoja contigo te va de la chingada (habilidad que yo heredé), se carcajea sin temor a que la escuchen, regaña cuando es necesario, pero también da los consejos más útiles. Algunos dicen que ella, mi mamá y yo somos muy parecidas. Tenemos la misma sonrisa ligeramente torcida, nos faltó el mismo diente, y tenemos narices muy similares. (Excepto mi mamá, después de un fatídico incidente con una vitrina o algo así)

Mi mamá y uno de mis tíos me han contado muchas historias de ellas, divertidas, serias, tristes pero siempre dignas de contar y que me llenan de orgullo. El lugar donde crecieron sus hijos, las situaciones emocionales y económicas la hicieron una mujer luchona. Por sus propios medios sacó a sus tres hijos adelante y superó todos los obstáculos que se atrevieron a atravesarse en su camino.
El día que conoció a mi papá, mi tio me contó que cuando terminó el día mi abuela dijo “tu hermana se va a casar con ese muchacho”. Y aquí estamos, treintaymuchos años después. También tengo el orgullo (y placer de restregarles en la cara a mis hermanos) de decir que fui la primera nieta a la que sin dudar viajó para verme a unos cuantos días de mi nacimiento y cuidarme por varios más. Alguna vez me dijo que soy su favorita, pero estoy segura que nos dice eso a todos.

Cuando venía por cosas de trabajo y a visitarnos, mínimo una vez me daba dinero y me cubría para darme una escapada a la tienda y traernos una bolsa de Cheetos y una Coca-Cola chiquita de vidrio para cada una. Era como “nuestra cosa” hasta que le prohibieron comer porquerías (ok, hasta que después de que le prohibieron eso y mi mamá nos cachó).

Hoy, a sus ochenta y quiúbole años de edad, volvió a asustarme. Sentí como si se hubiera congelado mi cuerpo por un momento cuando dijeron la palabra “hospital”. Afortunadamente, ya está en casa y parece ser  que la emergencia pasó. Todo indica que a mi querida abuela, la mujer que siempre me pelea cuando llego en la madrugada y no quiero encender  la luz para no molestarla, está bien. Todavía anda luchona y no se rinde ante la vida. Escuchar hace un rato su voz me emocionó tanto como cuando me llama en mi cumpleaños y me canta las mañanitas tradicionales de su pueblo.

Estoy feliz de aún tener a la persona que más admiro en este mundo. Estoy orgullosa de ella, y hoy me recordó lo fuerte que es.

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